¿Cargarme a la humanidad?

Entro el primero en el autobús y me dirijo a la derecha para sentarme en una de las últimas filas. Un hombre joven viene detrás de mí. Camino despacio, tranquilo y sereno. “¡Quiere darse prisa!”, me dijo el hombre joven dándome un empujón. Me aparto y le permito pasar el primero.
He querido acabar con la humanidad infinitas veces. A día de hoy, este deseo aún persiste en mí levemente (¿cuántas veces te he pedido, esposa mía, que me regales un botón rojo para presionarlo? ja,ja,ja,ja,ja,ja).
Hace tres semanas, partcipé en un concurso fotográfico, Fotomaratón, de mi ciudad (aún no han salido los resultados). Consistía en caminar por las calles y hacer fotografías según los temas propuestos por la organización. Me gustó tanto la experiencia que me propuse comenzar a hacerlo de forma habitual. En un principio, pensé en un par de veces al mes o, como mucho, una vez a la semana. En este tiempo, he salido todos los días sin falta, caminando alrededor de dos horas por las calles de siete diferentes localidades de Bogotá. Hago dos tipos de fotografías, siempre dentro de lo que conocemos como “callejera”: situaciones y retratos en primer plano, y lo fotografío todo, lo que nos gusta ver y lo que no nos gusta ver.
La razón por la que fotografío soy yo, para expresarme libremente, entenderme, para enfrentar mis miedos y mis dones; pero esto tiene una consecuencia que es entender a los demás, lo que me está ayudando, curiosamente y de forma inesperada, a replantearme lo de quere aniquilar a la humanidad: hablando con cada persona (¡la gente solo quiere ser atendida y hablar y hablar y hablar), me estoy dando cuenta de que todos están cargados de terrores, pero, si uno les trata con amor incondicional, como que esos terrores se derrumban fácilmente. Por supuesto, no es el 100 % de los casos, pero sí en un porcentaje mucho más alto de lo que yo podía imaginar.
¡A continuar desarrollando mi segundo don!




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